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Inicio 2007 Riesgo de morir aumenta un 54% en personas con baja escolaridad
Riesgo de morir aumenta un 54% en personas con baja escolaridad PDF Imprimir E-mail
02 de enero de 2007
Según estudio realizado por la U. de Chile

Desde 1997 se está llevando a cabo en San Francisco de Mostazal un estudio epidemiológico, longitudinal y prospectivo, que ha permitido analizar en la población seleccionada, es decir 920 personas, el riesgo de contraer enfermedades crónicas no transmisibles, principalmente las cardiovasculares.

La investigación, única de su tipo en Chile, ya ha obtenido siete distinciones, la última en diciembre del 2006, durante el Congreso Chileno de Cardiología, donde se adjudicó el Premio Fundación Araucaria en que se valoró, principalmente, sus aportes relacionados con dos factores: el nivel socioeconómico y la educación.

En cuanto a la situación socioeconómica vale la pena recordar que Chile tiene una distribución muy desigual, ya que el 10% de la población concentra el 47% de los ingresos totales del país. Además, hay una escasa movilidad social que perpetúa el círculo de la pobreza que depende, en muchos casos, del nivel de educación de los padres y de su capacidad para otorgar a sus hijos una formación adecuada, dotada de más años de estudio y mejor calidad.

“Nos interesaba corroborar si el bajo nivel socioeconómico y de educación causaba mortalidad en la población y si esto era independiente de otros factores de riesgo, biológicos o individuales bien establecidos, como hipertensión arterial, diabetes y colesterol elevado”, señala el epidemiólogo becado del Programa de Doctorado de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Chile y autor del estudio, el kinesiólogo Elard Koch.

Y las cifras fueron claras: después de analizar distintos factores y compararlos con el nivel socioeconómico se pudo constatar que éste era relevante en sí mismo. De hecho, aumentaba 23% el riesgo de morir a causa de enfermedades crónicas en la población.

Por otra parte, se demostró que si las personas tenían un bajo nivel de educación, es decir, si habían alcanzado sólo la formación básica (ocho años de escolaridad), poseían 54% más de riesgo de fallecer a causa de enfermedades crónicas que el grupo con educación superior al nivel primario. Asimismo, su expectativa de vida disminuía al menos un 10%.

“También nos percatamos que no había diferencias significativas entre hombres y mujeres pero sí en cuanto a edad y escolaridad, ya que las generaciones de adultos con edades entre los 50 y 70 años tenían, en promedio, sólo entre cuatro y siete años de educación formal. Actualmente eso ha ido cambiando en forma sustantiva aunque estamos lejos de compararnos con los países desarrollados, debido a que en la actualidad las personas que hoy tienen entre 20 y 40 años cuentan, en su mayoría, con una formación de 10 años promedio, es decir, el equivalente a segundo medio”, recalca.

En otras palabras, señala el epidemiólogo, “la desigualdad de educación en Chile es un determinante de menor salud, mayor mortalidad y menor expectativa de vida y, cuando hablamos de este tipo de diferencias en cualquier sociedad, entonces nos estamos refiriendo a una clara situación de inequidad, evitable e innecesaria, que podemos y debemos modificar pues, mejorando la educación de la población obtendremos mejor salud y mayor expectativa y calidad de vida”.

¿Por qué San Francisco de Mostazal?

En 1997 el grupo de investigadores seleccionó San Francisco de Mostazal para constituir una cohorte, esto es, una muestra probabilística de población en la cual se estudiaría durante varios años lo que ocurría con algunos indicadores de salud. Esto, debido a que era un pueblo pequeño, con poco más de 10.000 habitantes mayores de 15 años, con límites urbanos bien definidos y un consultorio muy bien organizado donde se atendía el 85% de la población. Además, su componente de migración era y sigue siendo reducido debido a que la gente que allí vive trabaja, principalmente, en Santiago y Rancagua. Asimismo, la municipalidad contaba con un estudio acabado de los predios del sector urbano, lo que facilitó el muestreo y la aplicación de encuestas.

“Y muy importante, tal como se pudo corroborar con la Encuesta Nacional de Salud del 2003, San Francisco de Mostazal tiene indicadores demográficos y epidemiológicos similares a los del país, por lo tanto, su representatividad es bastante alta”, recalca el epidemiólogo Elard Koch.

Primeros resultados

Durante los primeros años de estudio se pudo constatar que la prevalencia de hipertensión arterial en la población era cercana al 30%, una de las más altas de Latinoamérica. Los datos expuestos durante el Congreso Chileno de Cardiología celebrado en 1999, también le valieron a Elard Koch el Premio Fundación Araucaria.

“Nosotros estábamos haciendo nuestra investigación gracias a que habíamos obtenido fondos de la Fundación Kellogg pero este premio nos permitió dar continuidad al trabajo. Así fue como el 2003 presentamos resultados de seguimiento analizando cuál era el efecto de la hipertensión arterial, diabetes, colesterol elevado, tabaquismo y nivel de educación en la incidencia de enfermedades cardiovasculares no fatales (infarto agudo al miocardio, enfermedad coronaria, y accidentes vasculares encefálicos, entre otros)”, señala el investigador.

Fue así como los investigadores se dieron cuenta que los factores de riesgo que permitían predecir a cinco años plazo algún episodio cardiovascular no fatal eran cuatro: hipertensión arterial, diabetes, nivel socioeconómico bajo y edad. “En ese momento el nivel socioeconómico era un constructo que incluía el ingreso monetario y los años de educación, variables que separamos en el siguiente estudio porque por si solas ofrecían datos reveladores”, plantea el facultativo.

El 2006 pudieron comprobar la relevancia y supremacía de la educación entre los factores que propenden a una mayor mortalidad de la población y para el 2008, con los fondos del nuevo premio, esperan hacer un estudio sobre la carga alostática, es decir, la influencia del estrés en estas enfermedades. “Se ha planteado la hipótesis que las personas con menos educación tienen una menor capacidad de adaptarse al estrés. Queremos analizar la carga alostática junto con la variabilidad de la frecuencia cardiaca”, adelanta.

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