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Inicio 2005 Diciembre La visita de Isabel Allende a la Facultad de Medicina: De amor y palabras

La visita de Isabel Allende a la Facultad de Medicina: De amor y palabras

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12 de diciembre de 2005

Cuando se fue, llevaba varios regalos bajo el brazo: un libro sobre las iglesias del norte; el último "Huella y presencia", un ramo de flores, un bello cuadro de un caballo de ojos profundos, obra del decano de la Facultad, doctor Jorge Las Heras. Pero, de verdad, fue mucho más lo que Isabel Allende le dejó a la Facultad de Medicina: un sentido de humanidad, una muestra de la fuerza del amor, de sencillez y humildad.

La escritora latinoamericana más reconocida del mundo se presentó el 6 de diciembre de 2005 en nuestro plantel, no a dictar cátedra -pues es profesora honoris causa de la Universidad de Chile; podría haberlo hecho pero le habría dado risa, supongo- sino a compartir su creación, su particular forma de ver el mundo, a conversar y a escuchar a los jóvenes que asistieron. A ellos les dejó un desafío, al responder una pregunta del público asistente, que repletó el Salón Lorenzo Sazié: "¡Espero todo de ustedes!".

Y no esperábamos menos de ella, la verdad. Autora de 11 novelas, dos memorias, dos libros de cuentos, tres obras de teatro, inicialmente periodista -oficio que dejó cuando Pablo Neruda le dijo que era pésima, que mejor se dedicara a la literatura- y columnista, de verdad tiene algo que decir, más allá de las tapas duras de sus títulos.

Isabel, en pocas palabras
Partió recordando la característica personal que más pareciera incomodarle: su metro y cincuenta de estatura. "Me sorprende que la gente que no me conoce cree que soy alta, y cuando me miran en el dibujo de la alfombra, allá abajo, hay una especie de suspiro de desencanto, y cuesta superar ese primer momento". Pero, además, se definió como "una persona muy trabajadora, me encanta escribir pero he trabajado toda la vida, muchas veces en cosas que no me gustan, pero lo hago siempre. Soy muy de familia, muy vanidosa, pues me pinto los ojos antes de saludar a mi marido; coqueta, me encantan los hombres, aunque tengo 63 años y yo ya no les gusto a ellos".
Según dijo, lo mejor de ser Isabel Allende es el reconocimiento, "pues la gente me saluda, me abre sus puertas y me cuentan sus historias". Lo peor, la escasez de vida privada y el constante riesgo de "meter la pata a fondo, y verla reproducida en el periódico".

 

Isabel, en letras de molde
Respecto de su creación literaria, la escritora cuenta que cada una de sus obras tiene un origen diferente. Así, pues, "La casa de los espíritus" nació como una carta que le escribió desde Venezuela a su abuelo que agonizaba, en Chile, a los 99 años. "Mi motivación fue la nostalgia, el deseo de recuperar el país que había perdido". "De amor y de sombra", su segundo libro, "fue el desafío de escribir para probar que con el primero no había sido sólo suerte, sino que realmente podía ser escritora". Y así, hasta llegar a "Paula", un canto a los 28 años de vida de su hija. Pero "Afrodita" fue, sin duda, la que devolvió a Isabel Allende a la literatura luego del duelo: "Me di los temas de la gula y la lujuria, los únicos pecados capitales que valen la pena, por lo diferentes a la pena, el dolor y la pérdida. Y cuando investigaba respecto de los afrodisíacos, comencé a tener sueños eróticos. El primero de ellos fue que colocaba a Antonio Banderas sobre una tortilla mexicana, desnudo; lo cubría con guacamole y salsa, lo enrollaba y me lo comía. Luego de ese sueño, sentí que volvía al cuerpo, resucitaba y podía volver a escribir".
Un anuncio: su próximo título, que sale publicado en septiembre de 2006, trata sobre la conquista de Chile, y se ubica en 1541.

Isabel y sus espíritus
Cada 8 de enero, Isabel Allende prende la computadora y comienza a escribir. Al oído le soplan el espíritu de Pablo Neruda -"pues yo vivo en inglés, con un gringo que cree que habla español, lo cual es peligroso porque termino escribiendo como él habla, por eso leo a Neruda, quien me trae las palabras, las imágenes y al Chile nerudiano, que es el de la naturaleza y la gente"-, el espíritu de su abuela, "pues cuando necesito imaginación tengo a esta abuela loca que me puede inspirar"; cuando necesita disciplina, tiene a su abuelo, "y cuando necesito todo lo demás tengo a mi hija".

 

Isabel, las mujeres y el feminismo
"La gente me pregunta de dónde saco tantas mujeres fuertes, y la verdad es que no conozco ninguna que no lo sea, tendría que salir a buscarla con una vela. La mayor parte de las que conozco son sobrevivientes, pues contra viento y marea salen adelante, con una gran conciencia de quiénes son, de sus responsabilidades y de la lucha que tienen por delante. Esas son las que me interesan para los libros".
Por ese respeto a estas mujeres, siempre se ha declarado feminista, y hace una alerta: "en el interior del hogar y dentro del espíritu de cada uno de nosotros, hombres y mujeres de Chile, todavía impera el machismo, porque se parte de la base que la mujer llega de su trabajo a hacer el trabajo de la casa y a hacerse cargo de los niños y, además, tiene que andar arreglada para que el marido no la deje y se vaya con otra; han cambiado las cosas con la gente joven, pero todavía falta mucho. Esto es así en el mundo, el machismo es una especie de dragón que asoma la cabeza cuando tiene la oportunidad, apenas empieza el fundamentalismo en el mundo, cristiano, musulmán, hebreo, lo primero que hacen es aplastar a la mujer, se basa sobre que la mujer está subyugada, así que hay que estar muy alerta, todo lo que hemos obtenido en estos 30 o 40 años de la revolución femenina se puede perder en un minuto".

 

 

Isabel y las banderas de lucha
Fue sólo una bebita quien le dio la respuesta a qué hacer con los fondos que recaudara el libro "Paula", escrito luego de la trágica muerte de su hija:
"Fui con mi marido a India, donde quería ir porque Paula siempre había querido visitar ese país, y sucedió un episodio que me dio la clave de lo que sería la Fundación "Paula": íbamos por Rajistán, saliendo de la ciudad, donde el paisaje se iba poniendo más dorado, más seco y menos poblado. Hacía mucho calor, y luego de siete horas de camino, de lejos vimos un árbol, grande como una acacia, debajo del cual se veían unas figuras como cuervos. Nos detuvimos, y al acercarme me di cuenta que eran seis u ocho mujeres vestidas de negro, con unos pocos niños desnudos. Saludé en inglés, y ellas retrocedieron asustadas, pero muy pronto me rodearon. No teníamos idioma en común, pero empezaron a tocarme la ropa, el pelo y un montón de pulseras de plata que tenía. Así que me saqué las pulseras y se las regalé, y de pronto una me besó en la frente; ese beso olía a polvo, tierra, ajo, no sé a qué. Ese contacto físico me llenó los ojos de lágrimas, y creo que se desconcertaron, pero me hicieron cariño. Entonces, el chofer tocó la bocina, pues ya era hora de irse; me despedí de ellas, y cuando iba yéndome una me tocó el hombro y me entregó un paquetito (...) que era como un montón de trapos sucios, muy liviano, y cuando lo abrí adentro había un bebé recién nacido con los ojitos cerrados, tenía como dos días de vida. Le dí un beso y se lo pasé de vuelta a la mamá, pero ella echó a correr hacia las otras mujeres. Me quedé ahí parada, en la mitad de la nada, meciendo a esta guagua; en eso el chofer me la quitó de los brazos diciendo "qué está haciendo, devuélvala, no tiene papeles", y fue a dejarla donde las mujeres, pero ellas no la querían recibir, por lo que la puso en el suelo debajo del árbol. Llegó Willie, me llevó al auto y ahí lloré como no lo había hecho desde que se murió la Paulita. Y cuando le preguntamos al chofer por qué esa mamá quiso regalar a su guagua, él nos dijo era una niña... "¿quien quiere una niña?". Volvimos a Estados Unidos, y esa guagua me ha penado mucho tiempo, porque no pude hacer nada. Pero ella le dio una misión a ese dinero guardado; hoy la fundación hace labor en muchas partes, también en India, ayudando a niñas y mujeres.

 

Isabel y un consejo a los futuros médicos:
Dado que en 1992 le tocó vivir de cerca el mundo médico, dada la enfermedad y posterior fallecimiento de Paula, debido a la porfiria, le dijo a todos los futuros profesionales de la salud que estaban en la sala: "Lo más importante es pensar que el paciente que está ahí puede ser de tu familia, que algún día les va a tocar a ustedes. Todos pasamos por la enfermedad y la muerte, ninguno de ustedes va a querer que una hija o su mamá esté en un hospital tratada como un número; van a querer que la persona que la atiende la quiera y los quiera a ustedes, porque cada paciente tiene su familia; lo que ellos sufren a veces es mucho más de lo que está sufriendo el paciente, que a veces está inconsciente. Sentir que toda esa gente que está ahí puede ser uno, yo creo que es lo más importante".

 

Imagenes de la visita  
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